mentira o realidad?
19 Enero
2017
Escrito por - Sehay

Decidí jugármela, todas mis cartas a un crítico con las runas superiores del ogro y precisión base de un guardián. La definición, sería argucia. Un farol bajo mi mano.

      En el barullo recién sobrevivido de mantecados y mistela (licor dulzón típico de mi raza jugable, el oscense), las anécdotas de instituto volvieron a lo alto de la mesa camilla calentada por las brasas que compartía un antiguo amigo. Recordamos sus apuntes de filosofía que tantas veces me salvaron del suspenso, las lecciones de historia del siglo XIX y XX que yo le resumía como una fábula para que fácilmente las comprendiera. Desconozco la manera, pero el intercambio de anécdotas terminó en un reto. Un café como trofeo.

-¿Serías capaz de hablarme de cualquier hecho histórico? Uno aleatorio –me preguntó.

      Y como todo aventurero forjado en Tyria, hijo de la nobleza de Kryta, curtido en Orr, en las traiciones del Pacto y aún sucio por los zarcillos de Magumma, acepté. Cincuenta céntimos estaban en juego. Sería épico. O más bien no.

      Aunque no lo parezca, la historia tiene moraleja.

      Me agradaba estudiar historia por encima de cualquier otra materia en el instituto. Tentado estuve a escoger una carrera de letras puras como camino. Pero, del mismo modo que por mucho que disfrute de mi rol de healer, jamás podría curar una herida real que no se tapase con una tirita sin que mi aberrante animadversión a la sangre me tumbara al suelo, mi falta de memoria, incapacidad de recordar nombres y fechas, me haría un mal erudito en la materia que hila los hechos a través de la madeja de tiempo. Si fuera poco, mis atisbos de dislexia encumbrada hacen de mi mente un instrumento inútil para recordar algo más que la épica o la moraleja.

    Mi camarada (por muy draga que suene) lanzó el dado aleatorio de la Wikipedia hasta que dos palabras aparecieron: Periodo Edo.

     Añadiré que, si al coctel de inutilidad que guardo en mi cabeza, le sumas que soy incapaz de disfrutar de la acción y trama de un manga o anime sin llamarlos a todos Nissan o chidori, el espectáculo estaba servido.

     Su mirada impaciente me escudriñaba. Lo sabía, yo no tenía ni la más mínima idea. Tanteé, pensé y puse mi mente a farmear información. Recordaría por Age Of Empires: The Conquerors, que algo llamado Periodo Edo inició cerca del mil seiscientos. Señores feudales, asesinatos, shogunato. Solo faltaba Scarlet.

      Fuera de aquellas pinceladas dignas de revolver las tripas a cualquiera mínimamente interesado o amante en el Japón cerrado a Nanigata y yoroi, no tuve más argumentos. Rasqué mi nariz y me encaminé a reconocer mi derrota, antes aun de comenzar a jugar. A falta de buenos recuerdos, me sentí avergonzado, comencé a mezclar nombres, con lo que he aprendido a combatir a diario, Japón me llevó a China, China a Tyria, y Tyria a Cantha. Un primer nombre vino a mi mente: Kaineng; sonreí: Palacio de Raisu; aclaré mi voz: Shing Jea.

-¿Qué sabes del Japón feudal? –Pregunté en un tono de voz repelente, digno de un asura sabiondo del Priorato de Durmand.

-¿Doraemon cuenta? –Contestó con una nueva pregunta.

     La voz de Auri, mí aliada ladrona de bits que entiende por diversión apilar montañas de huesos de los dolyaks de suministros y marcar zergs como un banderillero al grito de “traje de luces”, rumoreó en mi oído:

-Nunca expongas al olfato certero de un timador que confías en el cordón del que pende el saco de gasa de veinte casillas donde guardas tu oro. Aprovéchalo.

-En una pelotera de taberna donde ninguno sabe utilizar las armas, ¿Sabes quién tiene las de ganar el favor de la Osa? La respuesta es sí, ¡Las natillas de Métrica hacen que mi barriguita sienta mariposas y explosiones!

     De algún modo, Heisenbear, la voz que tanto intento mantener acallada de ese ingeniero norn al más puro estilo Baracus, se alzó para aconsejarme, nuevamente, sin ser citado. Gracias, supongo. No obstante, tanto devota de Kormir como ferviente del espíritu de la Osa tenían razón. Serían los cincuenta céntimos mejor ganados de mi vida. Triste, pero no viene al caso.

     Narré los acontecimientos, con la mirada desde el puerto de Viejo Kaineng, la superpoblada capital del shogunato. Sus enormes puertas de madera en cedro y cerezo engalanadas con listas de rojos faroles que conducían al palacio imperial de Raisu y del acontecimiento dio fin al periodo Edo: las conspiraciones de la familia Tagachi se resolvió con el primogénito de la familia, Shiro Tagachi con su daga curvada como la cola de dragón derramando la sangre del emperador. Los feudos de aquel Japón se alzaron en guerra civil llevada por sospechas, facciones de Luxon y Kurzick enfrentadas como el sueño y la pesadilla sylvari, el peso de una lanza, la casa zu Heltzer, maestro Todo convertido en mártir…

      Al segundo sorbo de mi bien merecido café, reconocí el embuste y todo quedó en una anécdota y varias horas de conversación, o monólogo de un fanboy de Tyria.

   Más tarde, de vuelta a casa, me pregunté: ¿Por qué ha colado? Descarté mis dotes de trolero. ¿Su desconocimiento? Quizá, pero el mío no era menor. ¿Entonces? Busque de nuevo una respuesta entre mis héroes de Tyria. Bajo uno de los techados de hierro negro y peste de lubricante para la maquinaria de guerra charr en la ciudad de la Estrella de Garradesbocada, Drag Slave, mi elementalista de la Legión de Sangre aguarda a mi pregunta. Tras escucharme, mesa sus bigotes felinos me sonríe y me responde con la certeza que había olvidado.

-¡Los charrs no necesitan dioses! ¡Cenizas y muerte!

     La certeza de que no debía haberle preguntado a esa testaruda hija de La ciudadela Negra. Sin su sabiduría, la extrema juventud de mi pareja de placas sylvari, el miedo de recurrir a Auri sabiendo que cierto ingeniero anda cerca y sin que mi alter de Tyria pudiera ofrecerme más que sollozos de un guardián curandero que no encuentra su lugar, ¿a quién acudir? ¿Myhri? No estoy para asuras; ¿Nerdathien, Rint? No son los mismos desde que trabajan como ropero para los botines inservibles que no me atrevo a tirar.

    Sin más salida, caigo en la cuenta de lo evidente: la respuesta; mis preguntas. Si mi mente es capaz de identificar y casi palpar la voz de ceros y unos que forman vidas, también pueden formar una historia. Lugares creíbles que hieden o en los que sientes el trino sin siquiera dudarlo; voces, risas, rasgos de carácter; un pasado, una historia.

     La leyenda e intrahistoria, el lore, compone una pompa que capa a capa enuncia su propia realidad, donde las fallas estimables son, siendo magnánimo por la estima, similares a las de la propia historia de un país, una época, una isla. Cuando entras en la gran enciclopedia del Priorato, la wiki, un nombre te lleva a un suceso, este a una anécdota, ella a una tradición que a su vez vuelve a traer el nombre de un festejo, una cita dictada por los Seis, el nombre de un postre, un ingrediente y finalmente una nueva historia tras él.

    Cuando me sumerjo en una novela histórica de Paulino Gedge o Santiago Posteguillo, siento la decadencia de Roma, los rumores atraídos desde Macedonia, el miedo tras escuchar el nombre de Aníbal. Nadie asumiría a sus novelas de total veracidad (excepto que el señor Posteguillo posea una máquina del tiempo), pero te hundes en sus relatos, en la verdad que mascas y que hiede a tu alrededor como lector. Huelen a la esencia misma de nuestro paso por el tiempo. Huelen a historia.

     Y ahora es cuando, tras más de mil y varios centenares de palabras caigo en la evidente conclusión que tú ya habrás refinado minutos atrás: Guild Wars huele a esa historia. La fábula y la mentira expresan en términos de realidad cuando todos tus sentidos. La capacidad de que el nombre de un alimento te lleve a pasear entre páginas de anécdotas o que existan respuestas para todo tipo de preguntas a lo largo y ancho de Tyria, le dan la realidad que apreciamos artificial pero sin duda sentimos natural.

Arcana Obscura

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