Semana 19

"La ilusión no dura siempre"

Matchup correspondiente a la 19ª semana de este año. Rivales: Jade y Augurio/Ranik.

Sea bienvenida vuesa merced, estimado lector. Permítame sugeriros que toméis acomodo en vuestro asiento, porque esta semana os brindaré una nueva experiencia. Tenga a bien vuesa persona en concederme el beneplácito de la paciencia, que en tan pocas ocasiones es adecuadamente valorada y preciada por quienes no acostumbran a practicarla, pues aquí, en el día de hoy, voy a contaros una historia. O mejor dicho, voy a relataros cómo fue una época pasada, una en la que el acero era ley, y la palabra de uno significaba tanto como la vida misma, si era de buena cuna, naturalmente.

Hubo un tiempo, estimado lector, en el que las tierras de esta nuestra patria se vieron envueltas en tumultuosas batallas, y en la que las invasiones se sucedían una tras otra, ya fuere por bárbaras tribus del norte, ya fuere por pueblos venidos del otro extremo del mar. El tiempo al que me voy a referir en este relato nos trasladará a los tiempos en que la piel de toro fue ocupada casi por completo por los árabes. Y para ello, mantendré nuestro punto de vista de acuerdo al de las gentes de buenas cunas, temerosas del buen Señor.

Pido a vuesa merced, estimado lector, que visualice la siguiente imagen. Nos trasladamos en este momento al siglo XI, en el que los infieles árabes ocupaban casi dos tercios de esta nuestra tierra. Los reinos castellanos habían comenzado la sagrada Reconquista varias décadas atrás, pero la desunión era palpable entre las casas nobles. En aquellos tiempos, los almorávides llegan a la piel de toro tras la desaparición del Califato de Córdoba, con la intención de recuperar las tierras tomadas por los cristianos. ¿Lo tenéis presente en vuestra imaginación? Excelente.

Quisiera pedir a vuesa merced que penséis en cómo era aquella tierra. Poderosos reyes comenzaban a ampliar sus territorios, forjando alianzas con otros reinos para aunar fuerzas contra el invasor, aunque ello no evitaba que hubieran conflictos entre sus nobles. También había condes y marqueses que, en sus relativamente pequeñas heredades, jugaban a ser poderosos señores... aunque en sus mentes se imaginaban como grandes reyes, no eran sino señores feudales de menor importancia. Sus pugnas no distaban de insidiosas peleas entre familiares y allegados, en busca de la posesión del título, y con ello, de la herencia.

Ahora quisiera solicitar a vuesa merced que vislumbréis al campesino, al artesano, al sencillo plebeyo. Pobre, sin apenas propiedades, luchando día a día por alimentar a su familia y satisfacer las exigencias que su señor -sea el que sea en el momento presente- tenga a bien imponerle. Pensad ahora en la llamada a armas del duque, del conde o del rey, que llena sus mesnadas con la plebe. Les dicen que deben llevar las armas que posean, que consistirán apenas en oxidadas hoces, lanzadas o hachas, si son afortunados. Son gente sencilla, estimado lector, que ya son felices con sobrevivir al siguiente amanecer. Aunque les proveyeran de armaduras y armas, el hábito no hará de ellos monjes; ni una armadura hace de un labriego un guerrero, ni los herreros se convierten en caballeros y estrategas, por más que Ridley Scott pretendiera hacernos creer.

Tenemos esas mesnadas, estimado lector, todo lo preparadas que puedan estar para combatir al infiel. Apenas cuentan con preparación, pero sus señores pretenden que actúen como avezados guerreros, curtidos en mil batallas y aún más numerosas victorias que sólo existen en sus febriles mentes. Como he dicho antes, el hábito no hace al monje, y es que el que ha nacido para el arte de la guerra, lo demuestra vehementemente. Ni cien guerras harán que el labriego o el artesano se conviertan en expertos y habilidosos combatientes, por más que sus señores se empeñen en ello. Cada cual ha nacido para lo que Dios ha dispuesto, vuesa merced.

El enemigo, además, cuenta con ventaja. Refuerzos procedentes de tierras lejanas, capaces aunque no tan experimentadas en las grandes lides, como los ejércitos principales. Pero los números compensan esta desventaja, a priori, junto con la experiencia. Los castellanos, por su parte, cuentan los haces de paja como guerreros, hasta los espantapájaros si hubieran sido inventados en esta época. La necesidad de creer que sus mesnadas con mayores que las del enemigo es tal, que cualquiera que niegue su verdad es tachado de enviado del Diablo, de Lucifer, de Satán. De haber existido ya la Santa Inquisición, el pobre diablo sería quemado en la hoguera tras multitud de torturas previas.

Los reinos pugnan entre sí de vez en cuando también, en ocasiones por la más absurda de las razones. Se dice que casi estalló una guerra porque un noble se olvidó de una consonante al mencionar el apellido de otro, tomándolo como una afrenta al honor de su familia y tomando la espada para hacer pagar tamaña osadía. La locura, estimado lector, puede llevar a los hombres a cometer absurdeces, por más claras que éstas sean.

Del mismo modo, pobre del diablo que engrandezca su posición hasta el punto de disparar la paranoia del noble (o rey) de turno. Véase el caso de don Rodrigo Díaz de Vivar, conocido como el Cid Campeador, coetáneo de esta confusa y agresiva época. Osó aliarse con infieles cuando fue vilmente desterrado por envidias y calumnias, mas también por defender la verdad tal como el Cid la conocía o vislumbraba. En este tiempo, estimado lector, muchos otros pudieron ser como el Cid, pero han sido denostados y vilipendiados antes de que adquirieran mayor renombre y gloria.

Ésta es una época en que surgían nuevas oportunidades, pero cuya mera existencia -la de las novedades, me refiero- podían suponer una afrenta al dogma establecido y el camino más directo para el camposanto. Pobre de aquél que osara ir contra el dogma, especialmente si los fanáticos religiosos de la poderosa Santa Sede ponían el ojo en la infeliz oveja descarriada.

Pero igual de peligroso era escuchar a aquéllos cuya lealtad era, cuanto menos dudosa, por más que aparentaran ser gentilhombres. Traidores, mercenarios, desterrados. La bilis corre por sus venas como la sangre misma, y aunque acuden con palabras hermosas y de buena catadura, no buscan más que la confrontación y la desunión. Pero los nobles y reyes son fáciles de cegar con el brillo del oro, estimado lector, y prefieren muchas veces la bella mentira a la cruel verdad.

Ésta es una época en la que nace la desinformación, o cuanto menos, la manipulación de la verdad. Al menos, en su forma más básica y rústica. Se habla de grandes batallas donde apenas ha habido sangre vertida, donde se ven mesnadas que llegan hasta el horizonte donde apenas se ven cuatro guerreros, donde el sol brilla en lo alto del cielo aunque sea noche cerrada. Donde decir la verdad es sinónimo de excomunión, y quizá, hasta de cruel muerte.

Ésta es una época, estimado lector, en la que aún se sueña conque Roma volverá con todo su esplendor. Pero Roma, sabeis bien, desapareció hace mucho. No habrán más cohortes de relucientes armaduras, ni denarios lloviendo del cielo. Ya no hay Roma.

Éste ha sido mi relato, vuesa merced, que espero os haya divertido.

Se preguntará el estimado lector, tras leer todo esto, qué tiene que ver con el matchup o con el estado de Baruch. Presumo que el lector es sagaz, y habrá hasta leído un par de veces el texto para vislumbrar los diferentes mensajes que el relato contiene. Si así ha sido, le felicito, pues es más de lo que habrán logrado otros cuya intuición es irremediablemente visceral, incapaces de ver más allá de lo evidente, entre las brumas de la figura literaria. Porque, estimado lector, lo que os he relatado es un resumen no sólo del matchup de esta semana, que algunos califican como positiva, sino de las pasadas cuatro o cinco, así como posiblemente de las próximas semanas.

Ésta es, pues, la realidad de Baruch a día de hoy.

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