A nuestro lado

¿Podrías imaginar a un norn o un charr abandonado a su moa o dracosabueso?

Durante mis dos primeros años en la Tyria moderna, la Catedral de la Llama y las Catacumbas de Ascalon, recuerdan a mi ladrona como una guardabosques. Jamás me ha entusiasmado jugar el papel de un Légolas ni el poder de la naturaleza pues mi conocimiento sobre el medio termina en mi pánico ser acariciado por una medusa del monte o las marabuntas de insectos cuando voy a la playa. Intenté negarme a mi naturaleza de ingenios farfulleros y dedos ágiles. Auri, mi indiscutible ladrona comenzó siendo guardabosques, con un arco largo que no me entusiasmaba, con un mandoble lento en aquel entonces y unas espada de animaciones atollada en sus propia animación. Pero jugué, me metí en la piel de los caminos de Melandru y pese a no ser mi modo de juego preferido, lo disfruté, ¡por el Gran Enano que si lo hice! Pero, ¿por qué? Porque podía tener una mascota.

Uno de mis pequeñas metas, un ligero sueño que renace a cada paseo por un parque o al ver la primera media hora de John Wick, es poder adoptar y vivir con un perro. Estoy seguro de que todos tenemos uno de esos pequeños sueños que por nuestra perseverancia, veremos indiscutiblemente cumplido, lo que no hace otra cosa que incitar a que lo ansiemos más y más como si de un rubí nacido de la Hematites se tratase: ese deportivo que un día fue cochecito de carreras de tu primer Scalextric; visitar Disneyland para sentirte un personaje de cuento; ser el canciller de la nueva Prusia para restablecer la honra de la estirpe teutónica; Asesinar a Flanders, pues solo puede quedar un bigote con vida. Es una de esas pequeñeces que siempre has anhelado, y que, si no se tuercen las cosas en demasía, terminará sucediendo.

Pero a día de hoy, vivir solo, sin estabilidad, diez horas de trabajo diario como poco, y pese a gozar de buen piso y mejor terraza, es un coctel poco recomendable para un futuro compañero perruno. No me parece la vida ideal que quiero darle a mi amigo de cuatro patas, ya que digo de hacerlo, lo hago bien, que para hacer las cosas mal y desprender relente de vergüenza ajena y pena, ya juego a PvP. Quizá sea el entorno idílico para una de esas mentes avernales, esos demonios con pelo y crueldad que la gente llama gatos. Pero soy un ser de luz bajo la senda de Kormir, no me sentiré tentado por esos odiosos margonitas maulladores.

Si a ello le juntas que soy zagal arado entre aceituneros, almendros, pinares, secuoyas, corderos segureños y amante de los fríos inviernos del norte de Granada, podrás deducir, y si no ya te lo digo yo, que el verano es un mojón. Calor extenuante, playa agobiante y por encima de todo, la imagen que se repite telediario tras telediario de los abandonos de mascotas, en su mayoría, perros. No hay razón alguna por la que pueda concebir a una persona en peor estima que quien es capaz de hacerle tal jugarreta a una criatura que es infatigable agradecimiento, pura fidelidad y meloso cariño.

¿Podrías imaginar a un norn o un charr abandonado a su moa o dracosabueso? ¡Por los seis! Soy (casi) incapaz de pensarlo siquiera de los asura.

Haciendo algo de memoria, solo recuerdo a un ogro de Vabbi, el cazador Glorg que nos pide ayuda para que nos deshagamos de su mascota, un devorador. Pero en el solo notareis tristeza y pena, una asquerosa que lo corroe, pues su amigo de doble cola ha caído bajo la marca de la corrupción de Kralkatorrik. Tras aceptar su encargo y acabar con la vida del monstruo que poca relación guarda con quien fue, Glorg te contesta con un desanimado “Ahora está descansando”. Es uno de los recuerdos que me siguen poniendo un nudo en la garganta cada vez que lo olvido y visito las cercanías de los Jardines Colgantes.

La primera vez que monté en raptor, subí tan alto como pude en las dunas de Amnoon, volteé la cámara para dar la espalda al sol. El giro natural de mi montura decidió no obedecerme del todo, aún apenas tenía manejo, quedando el sol rasgado y perdido entre su lomo y las ruinas de Elona. Decidí cambiar los colores de mi armadura, siempre envuelto en matices grises más bien azulados y tintineante cobalto. Cambié a madera, a un brillo más natural, partes oscuras, a juego con mi pequeño gran nuevo amigo reptiliano. Cerré el menú lleno de dicha por algo tan nimio, casi podía decir que era la guinda de paz de aquella tarde de juego que superaba la quinta hora de la madrugada. Pero él sorprendió. El raptor se irguió sobre sus dos patas traseras, como si deseara alzarse sobre la punta de sus garras. Llevó su mirada al horizonte, ¿Acaso había visto una sabrosa luciérnaga como aperitivo en aquel temprano amanecer? Repentinamente comenzó a balancear su cola, luego a sacudir cuello y cabeza para que, con una sacudida completa de su cuerpo, estuviera a punto de lanzarme fuera de mi silla de montar. Esa lagartija entre velociraptor, ingenuo cachorro de golden retriever y avestruz con gigantismo me había ganado. En ese instante, de mi boca, inmóvil durante horas excepto para comer palomitas del bol sin fin y beber la Voll-Damm doble malta con la que ritualizo cada lanzamiento de Guild Wars 2, nació un:

-Ohh, necesito uno así.

Pienso que detrás de un abandono existe una doble pérdida. La primera, es la de una porción de humanidad que se desprende de ti en el instante de hacerle eso al mejor de los amigos. Para mí, es una marca, un estigma por el cual casi me cuesta distinguir a ese individuo como humano. Por suerte o por desgracia, es una vergonzosa marca que solo nuestra especie puede ostentar. La segunda e importante, es la del ser querido en cuatro patas, con el corazón roto y el dolor que supone, pues como un astro de ferviente luz, las almas bondadosas son las que mayor tristeza desprenden antes de apagarse. Y ellos, a quienes osamos abandonar, son un fulgurante cielo estrellado.

La próxima vez que tu yo digital pise los acantilados de Maguuma o los pedregales de Kourna, permítete perder un segundo con tu montura o mascota, pues si sus bits la acercan a lo que gozamos en este invernadero de calor y paella recalentada y precios sobre elevados por servirte la caña en la terraza, se lo merecen. Menos los gatos, lo suyo es una conspiración.

agosto2018

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