Palomitas de Roma

Mantener la pulsera del concierto del noventa y dos es una conexión con tu verdadera naturaleza.

Menos el microondas, los romanos lo habían inventado todo

De todo lo que debiera recordar de mis años de instituto, esa cantinela de mi profesor de Historia es la que en mayor número de ocasiones vuelve a la vida. Aquella afirmación, guardaba un doble sentido. Por un lado evidente, que viéramos con curiosidad el modo en el que culturas ya extintas eran capaces de disponer, ya para antes del comienzo del nuevo testamento, con el arte que a día de hoy envidiamos, las carreteras y puentes que seguimos transitando y el derecho que hoy rige nuestros tribunales y juzgados. Por otro lado, nos dejaba entrever que muchas de las invenciones y convecciones sociales sin las que a día de hoy seriamos incapaces de vivir, no son más que una manera de traer lo que ya había, si bien, con un nivel frívolo que ni sus bacanales.

Pero tras ese profesor había una persona con una mirada ojerosa, una sonrisa entre tinieblas que solo se mostraba real cuando hablaba de la revolución del El acorazado Potemkin o la toma de la bastilla. A mí me sonaba a un modo soterrado de decir lo que no se atrevía a pronunciar: Con todos nuestros avances y descubrimientos nuestras vidas, están vacías.

No importa cuál sea tu alimento para el espíritu, libros vetustos de indios y vaqueros, sábados de senderismo por montañas escarpadas o blandir tu espada como aventurero de teclado y mando, sea de videojuegos o a través del acceso directo a Netflix. A menudo no nos basta con nuestra afición o pasión, termina el día y literalmente queremos llevárnosla a casa para necesariamente inmortalizarla. Cosificamos esos recuerdos y amores en fotos, figuritas de anime que seguramente sufrirán de espalda por la desproporción entre delantera y cintura, imanes de nevera o llaveros con un malgasto evidente. Ídolos y tótem que nos transportan a nuestro edén personal.

Un Amiibo de Ahsoka Tano reconvertido en figurita sobre el pedestal del escritorio, una alfombrilla de ratón de Caithe en comunión con la vida de Maguuma o una estantería repleta de recuerdos de boda, amigos invisibles y dibujos a mano que tiene un valor a precio de madera espiritual. Incluso señal de un poder superior, religión, misticismo o mi poderoso Morde, mi pato con pajarita que pese a ser de trapo y algodón, juzga y asevera.

Mantener la pulsera irrompible de ese concierto de The Pretenders que llevas desde tu Erasmus del año noventa y dos en Belfast es una conexión con tu verdadera naturaleza, aquella rebeldía punk que nace tras terminar tu jornada de subdirector de banco, traje sin porte y una docena de principios quebrados por el beneficio de tu monedero.

Estos objetos, mayormente merchandaising, son similares a los tótems de grawl repartidos por toda Ascalon o los ídolos de Lilit que subrepticiamente se adoraban en el nacimiento de nuestra Europa.

En la antigüedad, los tótems e ídolos eran la muestra de devoción y deseo de protección al consagrarnos a tal espíritu o al nombre de aquella diosa. Pero ahora cuando más escépticos somos y pese a lo mucho que nos guste encarnar nuestro guerrero sylvari o nuestra tejedora charr, sabemos que no son más que bits ¿qué sentido tienen?

El apartado artístico, el coleccionismo como afición, es sin duda el motivo más fácil de resaltar. Los tenemos porque nos gusta la locución tras Monet, o nos gusta el estilo con el cual Daniel Dociu trazó la costa de Orr y dibujó la Ciudadela Negra.

Los ideales que representa son otra de las razones más valiosas. Si visitas la maravillosa ciudad de Toledo, las espadas templarias se venden a espuertas, y a menudo los ojos del comprador tañen un brillo similar de aquel escudero que un día consagraron a la Orden del Temple. Aún hay mochilas decoradas con las chapas de las aldeas ocultas de la hoja pues la idea de responsabilidad y comunidad de Konoha son las que desearías para tu propio pueblo.

Pero al igual que cuando ves un regalo recuerdas con cariño el instante que lo recibiste, son una conexión con lo que realmente somos. No sería fácil ver a un cartero por la calle portando la espada de Cloud o la difícilmente disimulable Amanecer. Pero del mismo modo no creo que lo viéramos en calzoncillos y con la camiseta llena de lamparones de Naranjito con la que se siente feliz entre los muros de su castillo al que llama hogar, donde la ficción de Alan Moore o Frank Miller realzan su espíritu y sus valores para, un día más, salir a patear las calles, repartir el trigésimo paquete proveniente de Amazon del día y hacerlo siempre con una sonrisa.

Cualquier ayuda, es bienvenida. A menudo necesitamos más de lo que disponemos para aguantar el día, y aunque el merchandising pocas veces cuenta con mi agrado y favor, el recuerdo que nos dan esos pequeños tótems que portamos colgados en la muñeca o nos esperan en nuestro hogar, son nuestro salvavidas. Para que, cuando ni siquiera los romanos lo hubieran inventado, seamos nosotros quienes aprendamos a crearlos e imaginarlos.

Y si no, al menos podemos acompañar las penas con unas palomitas hechas en cinco minutos. Chúpate esa, Pijus Magnificus.

dela

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Dela respondió el tema: #1675 23 Feb 2017 08:54
Recuerda que de pelusas, de pelusas hilvanadas, enmarañadas en parcos colores y sin lustre alguno se ceban nuevos cojines.

Mi forma de vivir por primera vez cada capítulo, es bastante similar a la tuya. Lo roleo solo o acompañado, en mi mente añado los fragmentos de diálogo que son más propios de mí, Dela el descendiente de aquel paragón de Elona, que del comandante del Pacto. Tengo por costumbre repetir cada capítulo un par de veces, casi siempre con Auri, ladrona brabucona, algo bebedora pero pura ternura y corazón junto a algún otro de mis aliados de bits: Eisenbear, ingeniero y alquimista peculiar, el guerrero sylvari cuya semilla brotó en arrojo y ardor o Drag, la maestra de elementos cuya única jerarquía de la que entiende es la de las Legiones...

Cada día lo digo y nunca lo hago, pero debería compartir mí ficha de personaje para que conocierais un poco mejor al devoto de Kormir de cuna noble y tez tostada por Elona. Del que tanto hablo y que paciente espera (Cada vez huele más el aire a rol).

Al final, como si de GW1 se tratase, veo a mi alter guardián amparado de uno o varios héroes nacidos bajo mi puño y letra. Sea pistola, escudo o kit, cada uno ofrece una nueva visión, capaces de cuestionarle el protagonismo de la trama (entiendo al comandante, al héroe como uno grupo, donde unas veces es "x" quien habla, y otras "z" la que actúa).

Pero al final, brabucona, noble y seguidor de la osa, terminan en el mismo punto. En este concreto en el que nos encontramos, sus rostros lucen confusión, retazos de engaño, pizcas de desdén en donde siempre cabe la esperanza de no haberse equivocado. Es sin duda, cuando ni siquiera dos de ellos consiguen un acuerdo, cuando yo vuelvo en mí, suelto G13 y ratón para aplaudir (metafóricamente, sino quedaría como un loco).

Cada uno roleamos un papel, un fragmento o una compleja trilogía de razas forjadas en elementos, pieles cerúleas y vestigios del pasado, pero cuando la trama no deja indiferente a ninguno de los actores. ¡Por Kormir que ha sido buena!

Solo nos queda esperar, especular con inquina y brindar con espumeante hidromiel omnom.
Avatar de Gawain Brightblade
Gawain Brightblade respondió el tema: #1666 22 Feb 2017 02:38
La última opinión sobre el capítulo de La Cabeza de la Serpiente y la comparativa sobre ser títeres del caos me ha encantado. Cuando jugué la historia desconecté todos los Chats y la jugué saboreándola junto a un compañero. Los dos íbamos de Caballeros, leales servidores, disciplinados, con una enorme venda en los ojos descargamos nuestra espada sobre lo que quiera que sea que amenaza el Orden en Tyria. Y escuchamos a la Reina, no un derrape, porque eso sería un error, una declaración total de intenciones, haciendo gala del canto de sirenas de la política, que como el que quita una mala hierba, para mantener bonito el jardín, habrá que ejecutar a quien haga falta.

Y en este tren nos montamos señores, y a toda velocidad, y llegamos a la ultima estación chirriando sobre los raíles, y nos dan esa jugosa información que es el hueso de oro para el perro fiel. Vaya información, y ahora que? ¿quién es el malo y el bueno? ¿Soy yo el feo?

GW2 puede tener algunos fallos, esa pelusa entre los cojines de los aciertos, pero una cosa es segura, sabe emocionarme, a mí y a quien vive el juego de forma intensa, llámese roleros, jugadores inmersivos, o réplicas de El Cortador de Césped.